En un mundo donde se pude entrar a los sueños de los otros. Cobb (Leonardo DiCaprio) es un ejecutivo que de forma ilegal se filtra en la mente de las personas para sacar o poner información. El procedimiento para hacerlo es mediante un aparato portátil que funciona como una inyección intravenosa a la persona que se quiere filtrar. Cobb ciertamente no trabaja solo, ya que tiene un equipo formado por Arthur (Joseph Gordon-Levitt), Eames (Tom Hardy) y Ariadne (Ellen Page), una joven estudiante que está considerada como la arquitecto de la operación.

El trabajo de este equipo estará en peligro cuando Fischer (Cillian Murphy) se vuelva el presidente de la empresa que tiene trabajando a Cobb. Por lo mismo, el equipo se dispondrá a implantar en la mente de Fischer la idea de dividir la empresa en dos parte. Ahí es donde aparecerá Saito (Ken Watanabe) para chantajear a Cobb por lo que esta haciendo, e involucrar a su esposa llamada Lisa (Marion Cotillard).

Dirección: Christopher Nolan /Productora: Warner Bros. Pictures, Legendary Pictures, Syncopy /Producción: Christopher Nolan, Jordan Goldberg, Emma Thomas /Reparto: Cillian Murphy, Ken Watanabe, Michael Caine, Leonardo DiCaprio, Lukas Haas, Ellen Page, Tom Berenger, Marion Cotillard, Joseph Gordon-Levitt, Tom Hardy, Dileep Rao, Tohoru Masamune, Talulah Riley, Carl Gilliard, Claire Geare, Mobin Khan, Johnathan Geare /Género: Ciencia Ficción /Mes de estreno: Agosto 2010




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Para un crítico de cine es casi razón de ser azotado si en uno de sus comentarios se le ocurre contar el final de la película, aunque hay quienes lo hacen y lo advierten en su propia crítica. Lo que me sucede con el largometraje El origen (2010, Inception), escrito y dirigido por el creativo Christopher Nolan, es que estoy consciente de que su final es lo más torpe dentro de su relato.

El origen se alarga prácticamente en dos y hasta tres posibles finales, como quien no sabe poner el condimento justo al final de una buena comida. En todo caso, lo sustancial es que estamos ante una oportuna película, que procura siempre atrapar en sus redes al espectador.

O sea, en lenguaje claro, con su final, “hay que hacerse el chancho para comerse al tigre”. Lo cierto es que tenemos un (laaaaargo) metraje en vibrante cine de acción que incursiona, de manera astuta, pero no profunda, en aspectos de la ciencia-ficción; en este caso, en el universo de los sueños: la construcción y deconstrucción de mundos oníricos.

De lo que se trata, ahora, es de sujetos capaces de adentrarse en la psique de otros mediante la técnica de sueños compartidos. Con ese mecanismo, se puede llegar a los distintos grados de conocimiento de los participantes. No es solo succionar ideas; es también la posibilidad de implantarlas y hasta de trocar instintos creadores en pasiones destructoras, o al revés.

Si quiere, usted puede hacer posibles lecturas críticas sobre la creación de “realidades irreales”, la pérdida de noción de la realidad (¿locura?), la dominación ideológica y el papel de los sueños en el pragmatismo contemporáneo. Si usted quiere, digo, porque el filme es bastante superficial para indagar en asuntos importantes.

Con temas oníricos, es fácil que una película se pierda en laberintos soñados o que se enrede en los hilos del propio relato. Hay que reconocerle a Christopher Nolan su habilidad para que no suceda ninguna de las dos cosas. Tampoco es que estemos ante un cine transgresor o surrealista, como lo fue el de Dalí o Buñuel.

Cierto que Christopher Nolan va más allá de la relación entre una realidad exterior y otra interior, cierto que lo hace con distintos estadios del conocimiento humano y con la novedosa idea de insertar sueños en otros sueños, pero es propuesta voluble, cuya meta es lograr una película visualmente atractiva (es imponente en ello) y entretenida (lo es para la mayoría del público y para mí).

Cargada de música eficaz, la libertad creativa de Nolan se va quedando en especie de resiliencia con la trama, esto es, sobre la capacidad de los personajes para sobreponerse –¡tantas veces!– a idénticas situaciones. ¿Cómo? Ellos se van adentrando de un sueño a otro y el filme tiende a repetirse. No es cine provocador en conceptos, para nada, ni tan siquiera aplica la lógica de libre asociación, loada por Freud.

Por eso digo que El origen, más que filme complejo, es cine solo complicado, pero las dificultades de su trama están bien llevadas, como una carretera con buenas señales para el tránsito. Las actuaciones son superlativas, así, en equipo, con un fortalecido Leonardo DiCaprio y el excelente contraste de Ken Watanabe.

No lo niego, El origen es película alucinante y latente, pero ya quisiera yo un tema así en cineastas de arte como Andréi Tarkovski, Stanley Kubrick o Akira Kurosawa, con menos parafernalia y más actitud de ensayo literario. ¡Claro! No sería éxito de taquilla, porque –eso sí– El origen exige menos a los espectadores.

Como glosa: vi la película con el cineasta Miguel Gómez (El cielo rojo) quien me dijo, al final, que El origen es una mala película, pero que hay quienes no se atreven a decirlo para no quedar como “tonticos” que no la entendieron. Les dejo la afirmación.