El oscarizado director Sam Mendes (American Beauty) lleva a la gran pantalla la hilarante y sincera historia de una joven pareja a punto de embarcarse en el viaje más fascinante, aterrador y extraño de todos los viajes: empezar una familia y sentar la cabeza. Cuando Burt y Verona descubren que están a punto de tener un niño, sufren una crisis de pánico. No soportan el pueblo donde viven, y ahora que los padres de Burt se mudan de allí, pierden el sistema de apoyo con el que contaban. Deciden emprender un viaje en busca del sitio ideal para echar raíces y criar un niño. De paso, visitan a una serie de parientes y amigos. Algunos son absolutos excéntricos, otros son conmovedores, pero todos ayudarán a Burt y a Verona a encontrar su destino. Acabarán por descubrir que para crear un hogar, sólo se necesitan el uno al otro.

Dirección: Sam Mendes /Productora: Coproducción USA-GB; Focus Features - Big Beach Films - ESP - Neal Street Productions /Producción: Sam Mendes /Reparto: John Krasinski, Maya Rudolph, Jeff Daniels, Carmen Ejogo, Jim Gaffigan, Maggie Gyllenhaal, Josh Hamilton, Allison Janney, Melanie Lynskey, Chris Messina, Catherine O’Hara, Paul Schneider /Género: Comedia - Drama /Mes de estreno: Agosto 2010 /Duración: 98 min.


 


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Luego de ver la película El mejor lugar del mundo  (2009; Away We Go), aún me sorprende la habilidad del buen director británico Sam Mendes para plantear este largometraje, aunque me resulta cine difícil de calificar: creo haber sentido las intenciones reales de su contenido en el momento de escribir esta crítica.

Sam Mendes no es un director del montón. Su apetitosa filmografía muestra, entre otras, cintas de importante calibre y gran mordacidad como Belleza americana (1999), de madura calidad gráfica como Camino a la perdición (2002) y de calibrada tensión emotiva como Solo un sueño (2008). Esta última es mi preferida, por la fuerza dramática que denota.

Ahora, con el filme El mejor lugar del mundo, me encuentro ante una película de lapsos sublimes, con secuencias punzantes de ironía (son las mejores), con momentos folletinescos sobre la pareja (esperpénticos), con retratos costumbristas y con subibaja en sus aspectos formales (no olvidaré el avión que despega y miramos a través de unos cristales azulados, ¡extraordinario!).

En general, las actuaciones son limpias, muy bien diseñadas y mejor cumplidas, aunque hay momentos donde los histriones se contagian de los propios vacíos narrativos del filme. Estoy claro que esta historia, en manos de cualquier director poco avezado, habría sido un bostezo; pero imagino que en manos de un Pedro Almodóvar habría sido película aún más excéntrica.

Es la historia de una pareja donde ella no quiere casarse ni pasar por esas convenciones sociales que van en contra de la libertad propia del amor. Cuando ella queda embarazada, ambos deciden buscar un mejor lugar donde vivir y comienzan un viaje por ciertos lugares de Estados Unidos y Canadá.

El filme busca convertirse, así, en especie de radiografía de la sociedad estadounidense, llena de prejuicios, conservadora y habilidosa para los escapismos emocionales. Los tipos que la pareja va conociendo son imagen y semejanza de la sociedad' y al revés. Las locuras de cada cual no son aisladas, son parte de una neurosis nacional. Relación dialéctica entre lo singular y lo general.

Los actores nos convencen de la credibilidad del relato, aunque por momentos el filme se alarga en simplezas y acorta –sin necesidad– sus mejores momentos (como su visita a la familia imbuida de conductas y exotismos orientales). La fotografía cumple el objetivo indagador de la película, no así la música.

Más bien se trata de un filme silencioso, se siente el hueco, y tan solo ocasionalmente asoman canciones sin más intención que esa: la de asomarse, no en función del relato o de las emociones de sus personajes. En el cine trepidante de Hollywood, El mejor lugar del mundo está fuera de lugar, puede aburrir a muchos, pero gustar a quienes valoran este otro estilo de hacer cine.

Diría, como se ha dicho, que es un filme muy tierno narrado con cierto dolor, pero es también un cine donde lo doloroso se narra con ternura. Es esa ternura el paradigma que le da significado a la película, aún en sus momentos caricaturescos que –adrede– se muestran.

Lo que definitivamente sí tiene el director Mendes es ojo clínico para mirar a su alrededor y para plasmar lo observado en la pantalla grande, sin caer en lo cursi ni en lo sobredimensionado. Sobre todo, hay una razón para recomendar este filme: es una historia de amor, que cree en el amor y nos dice que el amor es siempre posible. Cine del amor, hecho con amor.