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El príncipe de Persia "Prince of Persia:The Sands of Time" (2010)
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By Cinemanía Grupo Nación
Published on 07/23/2010
 
En el juego en que se basaría la película (el cuarto de la saga) cuenta como pasando por India en una ruta hacia Azad, el rey Sharaman y su hijo, el Príncipe de Persia (cuyo verdadero nombre es Ervey), derrotan al poderoso Maharajah de la India.

El Principe de Persia "Prince of Persia:The Sands of Time" (2010)

En el juego en que se basaría la película (el cuarto de la saga) cuenta como pasando por India en una ruta hacia Azad, el rey Sharaman y su hijo, el Príncipe de Persia (cuyo verdadero nombre es Ervey), derrotan al poderoso Maharajah de la India. Después de saquear la ciudad y obtener un reloj de arena gigante, una daga misteriosa y capturar a la hija del Maharajáh además de otros tesoros, ellos continúan su viaje. Un Visir moribundo, que había traicionado al Maharajah y ayudado al rey Sharaman, en agradecimiento por haberle ayudado pide la daga ya que le había sido concedido el que el eligiera su parte del tesoro del Maharajah. Pero Sharaman se niega a arrebatarle la daga a su hijo, quien la había hallado.

Así que el Visir, quien desea obtener los poderes de las arenas del tiempo, convirtiéndose en un Dios Inmortal y dándole el poder de controlar el tiempo, engaña al Príncipe para que abra el reloj de arena. Cuando el Príncipe usa la daga para liberar las Arenas del Tiempo, las Arenas destruyen el Reino y convierten a todos los habitantes en criaturas monstruosas. Solo el Príncipe, el Visir, y la princesa Farah, permanecen inalterados gracias a sus posesiones; la daga del Príncipe, la vara del Visir, y el medallón de Farah.

Dirección: Mike Newell /Producción: Jerry Bruckheimer /Reparto: Alfred Molina, Ambika Jois, Ben Kingsley, Gemma Arterton, Jake Gyllenhaal, Toby Kebbell /Género: Aventura - Fantasía  /Mes de estreno: Mayo 2010

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La película El príncipe de Persia (2010), dirigida por Mike Newell, tiene un buen comienzo. Es cuando conocemos al futuro soberano (Dastan) con sus gamberradas infantiles por las calles cotidianas del poblado. Me sentí como ante aquellas viejas películas de aventuras exóticas, encarnadas por el inolvidable Sabú, al estilo de El ladrón de Bagdad (1940).

Pasado ese momento, el filme comienza a reciclarse con el personaje Dastan convertido en príncipe y quien, con el paso de los años, lucha al lado de sus dos hermanastros para conquistar Alamut, ciudad religiosa en donde es prohibido hacer la guerra. Es un error de los hermanos.

Sucede que a ellos les dicen que allí se oculta una fragua con la que sus enemigos se abastecen de armas. Los engañan. Por eso atacan Alamut (cualquier parecido con hechos actuales no creo que sea casualidad). En realidad, quienes tejen la invasión solo quieren obtener un artículo poderoso. No es petróleo. Es un instrumento que permite regresar al pasado.

En Alamut gobierna una hermosa reina que deslumbra a los tres hermanos y, de ahí en adelante, se desatan las aventuras, que se repiten en estilo y fórmulas. Se nos coloca en el cine de aventuras alocadamente narrativo y comercial. Incluso, los efectos especiales –extraordinarios algunos– solo refuerzan ese instinto lucrativo del filme y son un simple jugueteo con el punto de vista del espectador.

Los efectos visuales se ponen por encima de la propia narración y no a favor de ella; pero también uno reconoce que todo se trata de mera distracción: divertimento en una aventura plena de acción febril y constante, con un romance entre el príncipe héroe y la bella princesa, en medio de mucho alboroto visual.

Por mi parte, agradezco que el filme no venga en esa inaguantable tercera dimensión (3D) que altera la esencia misma del cine (válida solo para filmes animados por computadora). La música y la fotografía se ajustan con fidelidad a los conceptos de la película y el montaje le impregna un ritmo acertado, con buen mando de la pausa y de la aceleración.

El príncipe de Persia se aparta bastante del argumento del videojuego en que se basa, para su bien, y las actuaciones son funcionales. Está claro: un correcto Jake Gyllenhaal no muestra carisma para este tipo de cine. Gyllenhaal no es Douglas Fairbanks ni Douglas Fairbanks hijo; no es Errol Flynn ni Tyrone Power; no es Rodolfo Valentino ni Harrison Ford; no es Stewart Granger ni Richard Chamberlain.

Sin ocultar lo que alguien llamó “su descarada intención comercial”, no es menos cierto que esta cinta falla bastante en algo propio del buen cine de aventuras: el humor. En la jocosidad que siempre debe darse de manera oportuna en este género cinematográfico, nos queda debiendo El príncipe de Persia. Y ello, pese a los esfuerzos del actor inglés Alfred Molina.

Estoy claro en que se trata de una película de productor (Jerry Bruckheimer) más que de director; por lo que creo que el realizador Mike Newell se limitó a ser correa de transmisión, especie de burócrata en el plató de filmación, pero que –eso sí– cobró puntual su cheque. En fin, la “peli” pasa como ventisca de arena, pero sin dejar huella alguna.